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Testimonio 

Camila Lamarca

por Alfredo Aracil

 

El teatro, al decir de Martínez Estrada, “monta su utileria con lo que imaginamos que hubiera debido ser y que no pudo”. Siempre ácido, el autor de Radiografía de la pampa, no tiembla en la ciclópea tarea de señalar el umbral dónde las cosas se estropean y el sueño se hace pesadilla. Porque junto con una narrativa y unos cuerpos que entran y salen de la escena, junto con las certezas que plantea toda historia, por exigua que sea, lo teatral dispone una arquitectura precaria, una tensión entre un adentro y un afuera por el que se asoma una amenaza de descomposición. Perspectiva mental, la atención apunta a lo invisible. En un fondo de sombras que enmarca el relato, proponiendo a la vez una fuga. La ilusión detrás de un hilo del que tiramos a duras penas, tratando de encontrarnos en la seguridad de una figuración. Una voluntad de ver, que es en realidad deseo de saber lo que se desconoce.  


 

Testimonio, el nuevo proyecto de Camila Lamarca para HILO, continua con la investigación que la artista viene desarrollando sobre el color y las posibilidades de la pintura como superficie de inscripción y convención técnica. Por lo tanto, no hay duelo por la pintura. No testimoniamos muerte alguna. La experiencia vibratil y nunca bidimensional que protagoniza sus trabajos anteriores, ahora se complejiza. Se barroquiza sin necesidad de curvas. En un dispositivo con aires de trampantojo, entre la ventana, la pantalla y la escenografía. La pintura como rastro y camuflaje: escultura que muestra y escenario que esconde. Porque algo hay mistérico. La escena del crimen donde el espectador es invitado a una contemplación que es ensoñación activa, ganas de tocar y recorrer. El ejercicio detectivesco de trazar conjeturas y caminos de entrada y salida, de buscar huellas e indicios. Seguir con la vista las estelas que se dibujan en el aire, imaginando episodios velados y testimonios de una ruptura que deja marcas sobre la piel. 


 

Formas de ver no estáticas. Esto es, cuando es la materia pictórica la que actúa, ordenada en un juego de posiciones, escalas y tamaños. El espectador quisiera entrar en el escenario, avanzar más al interior. Hacerse una idea del tipo de apariciones, desapariciones, estratificaciones y superposiciones que tramaron la obra. Estamos en la tradición de un tipo de pintura que se confunde con el espacio. O mejor, de una pintura que produce espacio, a la manera de la más temprana pintura minimalista o de los ejercicios en campo expandido. Ahora bien, desde un hacer y una belleza que abruma sin recurrir a la pesada carga del maestro, los gestos, las pasiones oscuras y los caprichos del pintor. Camila Lamarca pinta, rasga y proyecta desde la fascinación, desde una entrega que parte de la escucha y de la atención en el proceso. Pintar con acrílico es tomar decisiones rápidas. Entender, sobre la marcha, cómo los materiales son capaces de hablar. Descubrir, paso a paso, cómo las obras encuentran su extensión y su forma definitiva. Qué fuerzas, en definitiva, traman su disposición. Una tarea que implica detenerse en la respiración de la pintura, en las diferencias de lo que a primera vista parece igual. Un hacer, por lo tanto, manual e intuitivo, con un enorme trabajo de elaboración en el caos, capaz de encadenar soluciones rápidas pero consistentes con preguntas formuladas desde la curiosidad y la fascinación. 


 

Según la artista esta muestra ha supuesto una forma de amigarse con la pintura. Volver a una intimidad que se evidencia en la sensualidad de los distintos tonos de color morado que, por momentos, recuerdan al color y la textura del cuerpo. Más cercana de la sensibilidad de un Henri Matisse que de la frialdad de los experimentos con monocromos. Una voluptuosidad que comienza por el color y que, convertida en mimo, se extiende a cómo ha sido (mal)tratado el bastidor. Vueltas sobre lo mismo para encontrarle un nuevo cuerpo a la obra, una nueva emoción. Desarmar para armar otra cosa. Violencia ejercida con amor, cuidado. Una exacta presión. La potencia de lo frágil, aquello que hace que la ruina no se caiga del todo, que lo importante pueda mantenerse en pie.